1963, cinco años antes de los juegos olímpicos en México, el científico Joseph Altman realizó experimentos que demostraban que el cerebro de gatos y ratas producían nuevas neuronas aún en la etapa adulta (ver estudio). Y lo más interesante fue que estas neuronas se encontraban en una región específica del cerebro encargada del aprendizaje. Esto daba pie a pensar que había formación de nuevas neuronas también en los cerebros de los humanos adultos.

Sin embargo, dado que estos resultados eran muy difíciles de creer, la comunidad científica prestó poca atención a este gran descubrimiento.

En la década de los ochenta y principios de los noventa, el descubrimiento de Joseph Altman fue retomado por los científicos. Se comenzó a investigar en mayor detalle la posibilidad de la producción de nuevas neuronas en mamíferos adultos, y se llamó a éste fenómeno “neurogénesis adulta”.

Durante décadas, fue una verdad asumida por todos: el ser humano nace con un número finito de neuronas que se van degradando y jamás son sustituidas. La vida otorgaba a cada uno un paquete limitado de células, que debían ser cuidadas con responsabilidad.

Pero ninguna verdad es absoluta: la ciencia se ha ocupado de probar que la generación de neuronas es también una realidad en otras edades y momentos del ciclo vital, no solo durante la etapa embrionaria. Es el proceso conocido como neurogénesis adulta; el cerebro fabrica nuevas neuronas que completan a las que cada uno ha desarrollado por la fusión del espermatozoide y el óvulo de los padres.

1984, el investigador Roger Ulrich observó cómo los pacientes que se estaban recuperando de una operación quirúrgica de vesícula en un hospital de Pensilvania (EEUU) recibían el alta un día antes, y pedían menos analgésicos para el dolor, si desde la ventana de su habitación veían unos árboles, frente a aquellos que sólo podían contemplar una pared.. En este estudio se demostró que los árboles aumentaban el número de emociones positivas entre sus pacientes y  esto a su vez eso amortiguaba el estrés.

2009. Chuck Hillman, Universidad de Illinois. Un estudio publicado en la revista Neuroscience, donde se trata la imagen de la actividad cerebral en 20 chicos y chicas de 9 años, primero en reposo y luego tras caminar durante una cinta andadora 20 minutos. “Lo que vimos es que después de un ejercicio moderado de 20 minutos, las funciones cognitivas y el rendimiento académico mejoraron. Es decir, hubo un aumento en la capacidad de atención, en la velocidad de procesamiento y en los resultados del test”.

2013. un informe fue elaborado por BBC, en colaboración con psicólogos de la Universidad de Liverpool. Revela que dedicar mucho tiempo a rumiar nuestros problemas es un camino directo a la ansiedad y la depresión, las patologías mentales más comunes en Reino Unido, según la organización Mental Health Foundation.

Los profesionales de la salud ya coincidían en que darle demasiadas vueltas a los problemas no nos acerca a su solución. “Es muy duro escuchar que tus problemas están causados por algo que sucedió en el pasado y no puede ser cambiado. Sin embargo, la manera en que piensas sobre ellos es algo que los pacientes pueden controlar”, comenta Pontin.

Este pensamiento, conocido entre los científicos como rumia mórbida, consiste en masticar una y otra vez ese problema que no nos deja descansar. Cuesta dejarlo atrás, y puede ser un desencadenante de la depresión.

2013. Gerd Kempermann, profesor de genómica regenerativa en la Universidad Técnica de Dresden y uno de los autores de este trabajo publicado en la revista Science de fecha 10 de mayo Científicos del Instituto Plank de Berlín y del Centro de Terapia Regenerativa de Dresden, Alemania, buscaron establecer el vínculo entre las experiencias y el desarrollo cerebral, para averiguar por qué los gemelos genéticamente idénticos y criados juntos tienen personalidades diferentes.

“Sin embargo, este ambiente era tan rico que cada ratón fue capaz de adquirir sus propias experiencias, y después de un tiempo desarrolló comportamientos cada vez más diferentes en sus actividades”

“El cerebro de los ratones más aventureros, que exploraban más su entorno, producía más neuronas nuevas que el de los que eran más pasivos”.

Un estudio realizado en Alemania con ratones ha demostrado que el cerebro va cambiando en función de las experiencias vividas. En concreto, enfrentarse a diversas situaciones provoca que surjan nuevas neuronas en el cerebro adulto, en una región llamada hipocampo, vinculada al aprendizaje y a la memoria. La investigación –trasladable a humanos- explica cómo el cerebro participa en la individualización, es decir, en el desarrollo de las diferencias que nos hacen únicos.

Según un estudio del gerontólogo Warner Shaie en el que participaron más de 200 ancianos en un programa de entrenamiento intelectual, más de 80 sujetos consiguieron invertir el proceso de deterioro de las capacidades de pensamiento lógico y de orientación espacial.

Si sólo realizamos actividades repetitivas terminaremos por anquilosarnos. Hay que dar nuevos estímulos al cerebro.

2014. Un estudio llevado a cabo por expertos de la Universidad de Stanford y la Universidad de Santa Clara, en Estados Unidos, declaró que cuando paseamos somos más creativos que cuando estamos sentados: el experimento consistió en un grupo de personas andando y otro grupo sentado, y a la hora se comprobó que los primeros eran más creativos que los segundos, hacían nuevas asociaciones entre ideas. No sólo hablaban más sino que aportaron más ideas y demostraron una mayor creatividad.

Los investigadores comprobaron que al menos un 81% de las personas que participaron en el estudio experimentaron un aumento en su creatividad cuando caminaron sobre una cinta andadora.

Oppezzo, coautora en el estudio, añade que la actividad de caminar también podría haber “incrementado la facilidad con la que se activan memorias asociadas, por ejemplo, relajando la competencia inhibidora entre memorias y permitiendo a ideas con menores niveles de activación salir a la superficie”.

La rutina hace, según los estudios neurológicos, que haya menos conexiones entre las neuronas, algo que se evita con un buen paseo que en cierto modo “resetee” el cerebro, y se puedan generar nuevas conexiones neuronales. Las endorfinas  nos pondrán más optimistas y, así, más creativos.

Gregory Bratman, graduado en la Universidad de Stanford, en un estudio demuestra que una caminata en un parque por ejemplo, puede calmar la mente y en el proceso, cambiar la forma en la que nuestro cerebro trabaja, mejorando nuestra salud mental.

Intrigado por los efectos de la naturaleza en el cerebro, Gregory Bratman, estudiante graduado del Programa de Medio Ambiente y Recursos de Stanford, decidió estudiar el tema a fondo.

Con voluntarios, estudió los efectos psicológicos de la vida urbana en el cerebro. Él y sus colegas investigadores descubrieron que los voluntarios que caminaron un poco a través de una porción exuberante y verde del campus de Stanford estaban más atentos y felices que los voluntarios que pasearon la misma cantidad de tiempo cerca de tráfico pesado. Los residentes de las ciudades tienen un mayor riesgo de sufrir ansiedad, depresión y otras enfermedades mentales debido a la imposibilidad de desconectar de las preocupaciones.

Bratman y sus colaboradores decidieron hacer entonces, un nuevo experimento. En este querían analizar en detalle los efectos de una caminata en personas “rumiantes”.

El término “rumiar” es un estado familiar para casi todos los humanos en el cual nos parece casi imposible dejar de masticar las cosas que nos perturban en nuestras vidas. Aunque es común, no es sano y puede desembocar en depresión.

Según el nuevo estudio, ese rumiar puede afectar especialmente a las personas que habitan las ciudades, a diferencia de quienes viven afuera de las áreas urbanas.

Además, notaron que esa condición humana está fuertemente ligada al incremento de sangre en el cerebro en una zona llamada corteza prefrontal subgenual. Para todo este análisis, los investigadores reunieron a 38 habitantes de ciudades sanos y les pidieron que completaran un cuestionario para determinar su nivel normal de “pensamiento rumiante”.

Los voluntarios que caminaron por el campus verde de Stanford terminaban más atentos y felices que voluntarios que paseaban la misma cantidad de tiempo pero cerca del tráfico y demostraron una reducción de la actividad neuronal en el córtex prefrontal, el área del cerebro de donde procede la función ejecutiva y la más relacionada con el riesgo de enfermedades mentales. En comparación con el paseo urbano, el paseo por la naturaleza dio lugar a beneficios afectivos —disminución de la ansiedad, la rumia o pensamiento rumiante y aumento de rendimiento de la memoria de trabajo a corto plazo—.

2017. Un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Tierras Altas de Nuevo México en Las Vegas (EE.UU) muestra que caminar, correr o montar en bicicleta mejora, y mucho, el flujo de sangre que llega al cerebro. Universidad de Tierras Altas de Nuevo México en Las Vegas (EE.UU.) muestra que caminar, correr o montar en bicicleta mejora, y mucho, el flujo de sangre que llega al cerebro.

Hasta hace poco se creía que el flujo –o ‘riego’– sanguíneo del cerebro estaba regulado de forma involuntaria por el cuerpo y que no se veía alterado por los cambios en la presión sanguínea que tienen lugar durante el ejercicio físico –o durante cualquier esfuerzo–. Sin embargo, algunos estudios publicados recientemente han demostrado que el impacto en el suelo del pie mientras se practica ‘footing’ provoca una serie de ondas retrógradas –o lo que es lo mismo, de ‘reflujo’, que fluyen en dirección contraria– a través de las arterias que se sincronizan con el ritmo cardiaco y la frecuencia de paso para regular de forma dinámica la circulación sanguínea al cerebro.

2017. Científicos de la Universidad de Canberra (Australia) han descubierto que la práctica de actividad física en los mayores de 50 años mejora las conexiones neuronales. El ejercicio físico, al menos practicado con moderación y por varios días a la semana, mejora la función cognitiva de las personas mayores de 50 años. Para ello, llevaron a cabo ensayos aleatorios controlados de ejercicios estructurados en personas mayores de 50 años, entre ellos quienes ya mostraban signos de deterioro cognitivo, y examinaron los efectos de al menos cuatro semanas de actividad física sobre su función cerebral.

Los expertos tuvieron en cuenta 39 estudios separados. Luego de la revisión  concluyeron que las personas sedentarias tienden a sufrir un deterioro de salud más pronunciado a partir de los 50 años.

 

Fuentes

 

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