Érase una vez un pez que vivía en el gran océano, y puesto que el agua era transparente y se apartaba siempre convenientemente de su nariz cuando él se desplazaba, ignoraba el hecho de que habitaba en el océano.

Bien: un día, el pez hizo una cosa muy peligrosa, a saber: comenzó a pensar “Sin duda, soy una entidad notable, pues puedo desplazarme por el espacio vacío”.

El pez acabó por confundirse con tanto pensar sobre el moverse y el nadar, y de pronto cayó en un ansioso paroxismo: había olvidado el arte de nadar.
En aquel momento, miró hacia abajo y contempló el abismo oceánico, reparando en la terrorífica posibilidad de precipitarse.
Luego reflexionó: “Si pudiera morderme la cola, lograría mantenerme”.
Así fue como el pez se mordió la cola, doblando la espina dorsal. Lamentablemente, esta no era demasiado flexible, por lo que no pudo mantenerse en esa posición.
Mientras el pez pugnaba por cogerse la cola, el negro abismo se tornaba más y más horrible, hasta que el pobre animal cayó en una profunda crisis nerviosa.
El pez de nuestra historia estaba a punto de abandonar cuando el océano, que le había estado observando con una mezcla de piedad y diversión, le dijo:
– ¿Qué estás haciendo?
– Oh –respondió el pez- tengo miedo de caer en el profundo y negro abismo y procuro morderme la cola para sostenerme.
– Bien -replicó el océano- pues ya llevas un buen rato intentándolo, y sin embargo, no has caído. ¿Cómo es eso?
– Oh, ¡es verdad!, todavía no he caído- repuso el pez-, porque estoy nadando.
– Oye -replicó el océano-. Yo soy el Gran Océano, donde vives y te mueves y puedes ser un pez, y he puesto todo de mi parte para que nadaras, y te sostengo mientras lo haces. Pero tú, en lugar de explorar la profundidad, la altura y las vastedades de mi seno, malgastas tu tiempo persiguiéndote la cola.
Desde entonces, el pez dejó la cola en su lugar (es decir, atrás), y se dedicó a explorar el océano.


 

Al igual que el pez del relato, a menudo perdemos de vista quien somos en realidad, salimos de la espontaneidad y perseguimos sueños que creemos nos harán más felices, y con ello nos originamos miedos e ilusiones, perdemos el contacto con lo que estamos haciendo, ya que pensamos en algo hacia lo que nos tenemos que dirigir; pero las metas que perseguimos, son elegidas o bien se nos imponen?

Lograr nuestros sueños, las metas que creemos nos hará felices, nos desvía de nuestro camino, perdemos espontaneidad y quizá esto no nos haga alcanzar la paz que deseamos.

El destino no está escrito, no hay nada definitivo, y a veces nos sentiremos perdidos, pero poco a poco vamos siguiendo un camino: al menos caminaremos siendo conscientes de nuestra temporalidad.

Hay que diferenciar entre la valentía de enfrentarnos a un futuro incierto y el miedo paralizante: proponernos metas a alcanzar puede conseguir el efecto contrario: es esto realmente lo que “queremos” hacer, o bien creemos que eso es lo que “debemos” hacer?

El miedo es el único pensamiento que nos paraliza, así como el perseguir sueños: no hay nada seguro, nada nos garantiza que lograremos la paz deseada, quizá al lograrlos no estemos satisfechos, y busquemos algo más… como el horizonte, jamás llegamos a él, y cuando creemos que llegamos vemos más horizonte.

El pez del cuento tiene su vida, en el océano, y de repente surgen dudas: algo que hace natural, el nadar, llega incluso a olvidarlo por perseguir unos sueños, una meta, y se aparta de la espontaneidad del nadar. Nos centramos en lo temporal, lo que estamos viviendo, nos instalamos en la nada persiguiendo un futuro soñado, o nos quedamos instalados en un pasado nostálgico? Eso por lo que luchamos de verdad, nos hace felices, o creemos que eso nos hará felices?

Nuestro futuro vamos decidiéndolo paso a paso, y no podemos hacer culpables siempre a las circunstancias o a las demás personas por no lograr esa meta deseada. El pez del océano llega hasta a renegar de su propia naturaleza y casi se olvida de nadar, hasta tal punto llega la ilusión de querer estar en otro lado. Nuestras decisiones son las que nos hacen ser lo que somos, y no podemos culpar a nadie más.

Nos creamos nuestros propios miedos, los cuales nos paralizan. Por pensar lo que podríamos ser, lo que nos haría más felices, lo que deberíamos conseguir… nos alejamos de nuestra temporalidad, pretendemos conseguir algo que no tenemos pero queremos tener, y dejamos que nos vaya paralizando esa ilusión.

Obsesionarse con un futuro deseado puede originar miedo, y así culpamos a los demás, a las circunstancias. Luchamos por conseguirlo, sacrificamos nuestro presente y no nos sentimos ya dueños de las decisiones, sino que esas metas eligen por nosotros. Al igual que el pez, podemos seguir la espontaneidad, nos dejamos fluir y vamos caminando atendiendo a lo más inmediato, sin perseguir quimeras que nos alejen de sentirnos dueños de lo que pensamos.

 

Fuentes

  • Alan Watts, El futuro del éxtasis y otras meditaciones, Ed. Kairós, Barcelona, 1974.
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