Érase una vez un granjero chino al que, en cierta ocasión, se le escapó un caballo. Esa noche acudieron los vecinos a su casa y le dijeron: “¡Qué mala suerte!”, a lo que él respondió: “¿Quién sabe lo que es bueno y lo que es malo?”. Al día siguiente, el caballo regresó trayendo consigo siete caballos salvajes a los que se había unido. Esa noche volvieron nuevamente sus vecinos y le felicitaron, pero él replicó: “¿Quién sabe lo que es bueno y lo que es malo?”.

Al día siguiente, su hijo estaba tratando de domesticar uno de los caballos salvajes cuando salió despedido de la grupa y se rompió una pierna. Los vecinos regresaron entonces y dijeron: “¡Qué mala suerte!”, a lo que el granjero contestó, una vez más: “¿Quién sabe lo que es bueno y lo que es malo?”.

Al día siguiente, llegaron los oficiales de reclutamiento en busca de jóvenes para el ejército, pero su hijo se salvó a causa de su lesión. Esa noche también llegaron los vecinos diciendo: “¡Qué bien!, ¿verdad?”, a lo que el granjero dijo nuevamente: “¿Quién sabe lo que es bueno y lo que es malo?”.

(Alan Watts, Taoísmo, pág. 85)

Las decisiones que tomamos, o los acontecimientos que experimentemos, viéndolo con perspectiva, no sabemos con seguridad a dónde nos conducirán, y pueden tomar un rumbo inesperado, nos puede llevar a unas consecuencias no previstas.

Una decisión que en principio nos parezca mala, puede llevarnos a un resultado no previsto, que produzca una serie de acontecimientos diferentes y con perspectiva no nos parezca tan “mala”. Lo que en una primera reflexión puede ser una buena decisión, lo que llamaríamos un “golpe de suerte”, como que te toque la lotería, puede llevarte a consecuencias no deseadas, y por esto mismo, viéndola con relatividad y distancia, puede no ser la mejor decisión, ya que acarrea nuevos problemas: deudas, miedos…

Asimismo a menudo ocurren acontecimientos en la vida que pueden parecer a evitar, pero viéndolos con distancia han sido una suerte, no una desgracia, y nos han permitido de una manera u otra crecer, construirnos.

Ver la parte buena en algo que a primera vista parece malo no es sencillo, pero calificar un acontecimiento o decisión de “bueno” o “malo” es difícil hacerlo sin perspectiva, sin incluirlos en algo más complejo. Los hechos no pueden ser vistos como algo individual, aislado, sino en relación con otros, con las consecuencias que tienen, el rumbo que hacen tomar a los acontecimientos posteriores. La vida es compleja, no formada por una serie de “hechos” aislados, y por tanto son una serie encadenada. Con nuestras acciones podemos cambiar el rumbo, pero la seguridad de cómo resultarán no la tenemos.

Lo único que nos queda es apostar, pero teniendo en cuenta que los acontecimientos pueden tomar un rumbo inesperado, y demostrarnos que lo que en principio era una “buena” decisión o “mala” suerte, no es posible comprenderlo del todo, ya que no somos dueños de lo que ocurra.

Cuando tomamos una decisión no se puede prever del todo si va a resultar “buena” o “mala”, y cuando sufrimos una experiencia desagradable no sabemos si es “buena” o “mala”, ya que igual las consecuencias de ella nos hace ver que no fue tan mala idea. Por ejemplo, una ruptura puede ser algo malo o bueno según la perspectiva que se tenga: en el momento de sufrirla seguramente sea mala, pero puede ser que nos permita tener otras, rehacer una relación diferente, dejar un espacio vacío y permitirnos la libertad de elegir otra.

Dichos como “No hay mal que por bien no venga”, o bien la expresión “La vida da muchas vueltas” enseña la relatividad de los acontecimientos: apostamos con nuestras decisiones, actuamos y vivimos experiencias que calificamos como “buenas” o “malas”, pero después quizá lo que en su día fue visto de una manera descubrimos que no era tan mala decisión o suerte.

Al igual que al remar navegamos mejor yendo en dirección a la corriente (no contra corriente), o en el Judo cuando nos aprovechamos de la fuerza del contrincante, seguimos el curso de los acontecimientos intentando lo mejor, empleando la intuición, pero a sabiendas de que el resultado puede no ser lo esperado, ya que los acontecimientos no resultan a nuestro antojo, sino que se van desarrollando conforme a su propia suerte, interrelacionando con los demás (cuando decimos que algo “se nos ha escapado de las manos”), y es porque ya no nos sentimos dueños, y quizá una pequeña decisión nuestra ha desencadenado una serie de acontecimientos no esperados; como el ejemplo acerca del aleteo de una mariposa, que puede ocasionar un terremoto en la otra parte del mundo.

Se suele pensar que la infancia fue la época más feliz de nuestra vida, y esto es porque aislamos esa época de nuestra vida, no la vemos con perspectiva: no sentimos lo mismo que sentíamos en la infancia, con sus propios problemas, miedos, alegrías… lo cual ocurre en todas las “épocas” de la vida…

Si vemos con perspectiva cada época, podemos ver como acontecimientos que nos ocurrieron, decisiones que tomamos y que en su época nos parecían desacertadas, luego nos parece que es lo mejor que podríamos haber decidido.

En cada época tomamos la mejor decisión que podemos, empleando entre otras cosas la intuición, pero no debemos estar obsesionados con si la decisión es “buena” o “mala”.

Pensar que una hecho es un “golpe de suerte” puede luego no ser tal. Decidir con toda seguridad no es posible, pero sí que podemos apostar, emplear la intuición y tomar la mejor decisión posible en ese momento: con perspectiva descubriremos si lo que nos ocurrió fue bueno o malo, pero en el momento tenemos que tomar una decisión, con prudencia, la más correcta que nos parezca, siempre teniendo en cuenta que la seguridad de saber si es “buena” o “mala” no la tenemos, ya que el desarrollo posterior de los acontecimientos, el rumbo que tomen, puede ser el no deseado (esperado).

Fuentes

  • Alan Watts, Taoísmo. Ed. Kairós, Barcelona, 1997.
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