Libro oracular, comenzado hacia 1200 a.c, incorpora la filosofía taoísta. Aumentado en extensión durante la dinastía Zhou y posteriormente por comentaristas de la escuela de Confucio (incorporando el fin moral de llegar a ser “noble”, quién es capaz de observar la situación con prudencia y darla una nueva dirección: ser responsables de nuestras decisiones).

Texto que se introdujo en Europa durante el S XIX: aunque ya en 1889 Charles de Harlez, orientalista, intentó traducirlo pero finalmente no se hizo. Atanasio Kircher (1601-1680), sacerdote jesuita y estudioso de filosofía oriental, usó los hexagramas, pero sin una comprensión profunda de su significado, y como si fuese lenguaje abstracto.

Yin- Yang

La filosofía china concibe la naturaleza como un gran proceso, en el cual todo está interconectado: los diversos fenómenos se influyen entre sí y lo que parece un caos, en realidad consiste en una secreta armonía, en la cual todas las fuerzas caben y contribuyen, ninguna anula a otra, todas cumplen su papel, y van orientadas a la realización de un inmenso proceso. El mundo no se concibe estático, sino en constante movimiento, la filosofía china reconoce y acepta el azar, el cambio.

El universo se constituye como una gran maquinaria formada por la contribución de todas las fuerzas cósmicas, que producen el devenir, las mutaciones (cambios) se suceden eternamente, y conforman el todo, un proceso armónico.

Por tanto, sabiendo las posibles situaciones que se pueden lograr, nos amoldaremos a ellas, es más, dotaremos de una dirección al reflexionar sobre ella, tomando en cuenta todas las circunstancias, incluso nuestra manera de entenderla.

En una ocasión el maestro Kung se detuvo a orillas de un río y dijo: “Así todo va fluyendo como éste río, sin parar, día y noche”.  Mediante la sucesión de dos principios necesarios (Yin, lo femenino, turbio; Yang, lo masculino, iluminado), su alternancia, se produce el devenir, los diversos estados o mutaciones del mundo, la existencia de todos los seres; de igual modo que un día está formado por la alternancia del amanecer y el anochecer. Dicho cambio es eterno, no se puede hacer otra cosa que acomodarnos a sus leyes, no forzar cambios, o bien comprenderlos para así actuar de una forma más prudente.

Lo único inmutable, la mutación

Al comprender que lo único inmutable y eterno es la mutación, se entiende que no se puede apresar el cambio, encontrar algo estable, sino únicamente se puede dirigir el intelecto y nuestra actuación hacia la comprensión de la ley inmutable que rige el cambio: Tao, sentido, la armonía en el propio cambio, lo estable en el azar. Cualquiera que quiera entender se dirigirá en dirección a la comprensión de la armonía que sabe combinar fuerzas de distinto signo.

Comprender que no se puede actuar al antojo de cada cual, sino armonizar las diferentes fuerzas, y tener en cuenta que según nuestra actuación se producirá un resultado: lo único que puede hacer es comprender el carácter de las fuerzas y utilizarlas a su favor, para que de su combinación armónica surjan grandes obras.

Se puede alcanzar el Tao mediante la intuición del cambio que rige toda existencia, la confluencia armónica de fuerzas de distinto signo, combinadas en proporción justa, la ley que rige la sucesión de las mutaciones. De ésta manera se asemeja a la naturaleza, en cuanto puede crear, ya que influye en el cambio, mediante la aplicación de una decisión, por la que alcanza la armonía. A través del entendimiento sobre la sucesión de las mutaciones, prevé los efectos y actúa para introducir ligeras modificaciones (en proporción debida, y en el caso de que las necesite) y así actuar de manera virtuosa, ya que el resultado será distinto: es capaz de determinar ciertos cambios y escapar al determinismo del azar. Eso sí, los cambios son dictados por la necesidad, no se imponen.

Con ésta sabiduría el ser humano se puede anticipar a la dirección que toma los acontecimientos y actuar con previsión y prudencia para que no se produzca algo no deseado. Recuerda la Tekhné de Aristóteles: saber práctico, encaminado a la aplicación y la obtención de resultados, y no meramente abstracto, teórico; conocimiento encaminado a la praxis.

Cada situación es diferente, legible

Comprender que cada suceso es particular, distinto de las demás, y por tanto necesita de una comprensión adecuada a sus circunstancias: no una ley general, a la que se debería acomodar. Una situación no puede analizarse independientemente de su contexto, ya que hemos de entender que a ese resultado ha contribuido la unión de diversas fuerzas: hay que verla en sus relaciones con los demás factores, incluida la propia subjetividad, nuestra actitud ante tal hecho.

Antes de actuar de una manera u otra, ha de comprender la situación, analizar cómo se ha llegado a ella y dónde puede conducir.

La situación es legible, puede comprenderse si se aborda con cautela. Al contrario que la ciencia, que procede mediante división y análisis de “esencias”, por separado, nada se comprende si no se tiene en cuenta el contexto, ingredientes que contribuyen a su formación.

En tiempos antiguos (hace unos 3000 años), el oráculo era consultado por reyes, con el fin de obtener una respuesta de sí o no, sobre la pregunta de si era propicia la batalla en determinado momento. A través de los tiempos se introdujeron comentarios que enriquecieron el contenido simbólico del libro y se amplió su utilidad.

Reflexionar sobre la situación: hexagramas

La manera de consultar el oráculo es hacerle una pregunta y utilizando monedas o tallos de minlerama. Al hacer una pregunta al I Ching, en el caso de utilizar monedas, se tiran dos al aire, y según sea Yin o Yang, cara o cruz, nos dará como resultado una línea recta o cortada. Al hacerlo seis veces se conforma un hexagrama, junto a un poema y unas imágenes que nos sugieren una interpretación del suceso, claro está que puede ser diferente de una persona a otra, pero ya es un avance el ver otras maneras de abordarla.

Según se den unos cambios u otros, distintas combinaciones de las fuerzas cósmicas, se requerirá una actitud más activa o más pasiva: situaciones metafísicas, como resultado de la combinación de las fuerzas cósmicas (fuego, tierra, agua…): simbolismo del I ching, las situaciones posibles se ven en los 64 hexagramas. Los diversos resultados reclaman una actitud determinada.

El oráculo no pretende nada más que analizar la situación de manera reflexiva, abordándola desde diferentes perspectivas: quizá deje patente algún elemento insospechado, que no habíamos tenido en cuenta; la filosofía china no rechaza ningún factor: por simple que parezca es importante para el resultado.

Las mutaciones no determinan por completo la vida del hombre, ya que éste puede cambiarlos, mediante una modificación sutil, que va encaminada al logro de un cambio en su dirección, un conocimiento de los factores que nos llevan a la actuación más propicia: el fin de tal sabiduría es práctico.

El I Ching no es un manual astrológico del cual se obtengan ciertas respuestas seguras, mandatos universales a priori, que sirvan de leyes generales de actuación; es un texto oracular que ofrece la posibilidad de ver la misma situación desde la reflexión, y a partir de esto desarrollar una fuerza reactiva, de tal manera que se logre la utilidad, partiendo de la necesidad.

No se trata de “acertar” lo que vaya a producirse en el futuro o lo que te ocurrió en el pasado, sino de ofrecer una posible situación natural y aplicarlo a uno mismo, con lo cual se consigue una reflexión, autoconocimiento (lo cual destaca Jung en el prólogo). Seguramente el resultado pueda ser otro, si hacemos las mismas preguntas el resultado será diferente en la siguiente vez, pero lo importante es ser capaz de ver la situación de otra manera, así como de interpretar la respuesta de forma metafórica.

No está todo determinado, queda un resquicio de libertad para la actuación; pero la manera de llegar a ella que propone dicha filosofía es a partir de la necesidad de la situación, y no a través de la aplicación de principios eternos, o psicológicos (“si actúo de tal manera obtendré tales resultados…”).

Todo es azar, no hay momento que se repita. Cada experiencia merece una reflexión aparte, una interpretación especial. El proceso de consulta del oráculo se realiza mediante la tirada de tres monedas, que simboliza así el propio azar, ya que el resultado depende del cambio y es totalmente imprevisible: la combinación de las fuerzas da lugar a diversos resultados, situaciones posibles en la naturaleza (confluencia de diversas fuerzas, cualitativamente distintas, que se influyen: viento, lluvia…). Lo que nos dice el I Ching no es que se vaya a dar tal situación, sino la manera en que podríamos actuar si se diera tal resultado, para lograr la armonía o desviarnos en el error: consejos de prevención… y actuación.

Las preguntas dirigidas al oráculo se realizan una única vez, de acuerdo con la idea básica de que cada situación es irrepetible, y no ha de buscar una relación causal con el fenómeno (de hacerlo más de una vez se intentaría entresacar una ley racional que rige todo resultado, una lección moral de actuación: justamente lo que no se pretende).

Aunque exista únicamente azar, cambios (mutaciones) que se suceden, es posible obtener un conocimiento dirigido a la acción, mediante una necesaria actuación que modifican lo caótico y lo dotan de dirección.

J.L. Borges, poema introductorio:

PARA UNA VERSIÓN DEL I-CHING

El porvenir es tan irrevocable

Como el rígido ayer. No hay una cosa

Que no sea una letra silenciosa

De la eterna escritura indescifrable

Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja

De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida

Es la senda futura y recorrida.

El rigor ha tejido la madeja.

No te arredres. La ergástula es oscura,

La firme trama es de incesante hierro,

Pero en algún recodo de tu encierro

Puede haber una luz, una hendidura.

El camino es fatal como la flecha.

Pero en las grietas está Dios, que acecha.

Fuentes

  • R. Wilhelm. I Ching, El Libro de las Mutaciones. Prólogos de C.G. Jung, Richard Wilhelm y Hellmut Wilhelm, y el poema: “Para una versión del I King” de Jorge Luis Borges. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2000.
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