F. Nietzsche, filósofo (1844-1900), relaciona el concepto de eterno retorno, la vuelta eterna de lo mismo, con el Amor Fati, el amor al futuro, la aceptación del momento.

Eterno retorno, el deseo de que todo lo que ha ocurrido, los placeres, sufrimientos, alegrías… vuelvan una y otra vez, como si el nuevo hombre fuese resultado (entre otras cosas) de la afirmación del presente.

No hay nada más que éste mundo, y es en él donde nos realizamos, aceptamos nuestros actos; por tanto, la idea de que no afirmemos el instante porque esperemos otro mundo aparte de éste, no existe.  No debemos pensar que hay otro mundo, ya que esto impide que valoremos en su justa medida éste: no hay que esperar recompensas, ni justicia divina… nada aparte de lo que hace el hombre con sus actos, y los cuales tienen que ser afirmados como si quisiésemos que se repitieran una y otra vez.

Dos textos de F. Nietzsche nos hablan del eterno retorno:

La gaya ciencia, aforismo 341: “Si ese pensamiento se apoderase de ti, te haría experimentar, tal y como eres ahora, una transformación y tal vez te trituraría; acerca de cualquier cosa te plantearías siempre la pregunta «¿quieres esto otra vez e innumerables veces más?”

Así habló Zaratustra: “De la redención”: “hasta que la voluntad creadora añada: «¡Pero yo lo quiero así! ¡Yo lo querré así!”

Eterno retorno: una idea de voluntad, un deseo del querer, la aceptación del instante y a la vez el deseo de que tal y como ha sido vuelva una y otra vez. El horizonte del Superhombre, quien acepta el instante, lo ve como algo necesario y no le importa que sucediese una y otra vez, ya que lo quiere así.

Por tanto, una idea que se basa en una voluntad, el deseo y la aceptación de la vida: la quiero de tal manera, que no me importaría la repetición eterna del instante, que vuelva una y otra vez. Con esto no sólo lo aceptamos, sino que cobramos consciencia de su importancia, y ningún instante quedará sin su debida importancia.

Lo malo no es el deseo, sino la ausencia del deseo, así se evita el sufrimiento provocado por no vivir plenamente el instante.

Por no valorarlo en su justa medida, no aceptamos la vida, negamos ciertos deseos, censuramos placeres y sufrimientos (los cuales no dejan de ser instantes que han de ser aceptados como parte trágica de la vida, y ambos son incluidos en el SÍ del niño: juega a sabiendas de que está jugando).

No es otra cosa que aceptar el presente y vivirlo intensamente, no alejarnos de él a través de nuestros ideales, el egoísmo, la insolidaridad de no tener en cuenta al prójimo, nuestros ídolos, la tradición heredada…

Si logramos vivir el reto y aceptamos que el instante retornará una y otra vez, recuperamos la importancia que tiene, y haremos lo imposible por vivirla plenamente, con más ligereza, ya que somos conscientes de que únicamente hay una vida, la que vamos viviendo y construyendo.

Así desaparecen los miedos, el terror producido por un futuro (un error, ya que el futuro no está presente, lo único presente es el momento, y esto hemos de valorarlo, no minusvalorar el instante en aras de un futuro ideal).

Vivir la vida como uno quiere, recuperar las riendas de la propia existencia, comprender la posibilidad de cambiarla. Cada decisión la vivimos por toda la eternidad (así intentaremos quererla, vivirla de acuerdo con nuestros deseos).

A menudo la vida la vivimos respondiendo a los deseos de otros (sentimos que hemos de responder a una serie de “obligaciones”), y por tanto no la vivimos realmente, no es de nuestro gusto. Es más, nos escondemos detrás de esas imposiciones (obligaciones), nos excusamos para no vivir el instante tal y como lo deseamos realmente, o lo que es más peligroso, comprendemos que estamos ausentes de deseo, y por tanto no aceptamos la alegría de la existencia.

La vida es resultado de una decisión, no somos pasivos ante ella, ni hemos de dirigirnos según ideas de otros. Superamos así el terror que nos produce el futuro.

El ser humano es el único que crea su existencia, y por tanto hemos de dar importancia a la vida y no refugiarnos en ideales que nos alejarían de ella, de dar importancia al instante, a to undos los instantes.

Hemos de superar el horror que produce el darnos cuenta de que las riendas de nuestra vida está en nosotros, y recuperar la ilusión que provoca seguir unos ideales propios.

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