La imagen del eterno retorno es utilizada para representar la concepción de que todos nuestros actos se repetirán en un futuro. La existencia es comprendida en su dimensión ética: todos nuestros actos se repiten en una encarnación posterior, y en ella es donde se van “perfeccionando”, bien en una forma de completar acciones que no se pudieron completar en su momento, o reparar aquellas que se hicieron mal.

Ya en la religión oriental se representa la existencia como una rueda (Dharma), y esto transmite la idea de que la existencia se vive una y otra vez, repitiendo los mismos instantes una y otra vez hasta irlo puliendo, perfeccionando, asumiendo su importancia.

Para Buda, el mundo no es creado “de una vez por todas”, sino que es creado continuamente, resultado de las acciones, buenas y malas (Karma). La vida gira eternamente, así como las sucesivas reencarnaciones, hasta que la acción ya es reparada y deja de girar la rueda de la existencia (Samsara en el Hinduísmo), dando paso a una nueva vida.

La meta es liberarnos del sufrimiento que origina la existencia, pero qué lo origina?

La ignorancia, el propio ego, es el que pone muros a la verdadera felicidad, el no reconocimiento del instante a causa de refugiarnos en nuestros miedos.

Preocuparse por “problemas filosóficos”, por lo infinito, nos aleja de la verdadera realidad, aquella que vivimos cotidianamente.

La cuestión de fondo es comprender dicho pensamiento en su fuerza metafórica: no hay más que ésta existencia, y es en ella donde debemos cobrar toda la consciencia del instante y su importancia, así como de vivirlo plenamente, no en la forma de vivirlo como mero trámite para pasar al siguiente momento, sino darle la importancia merecida.

Pero no sólo darle la importancia merecida, sino recuperar la responsabilidad de nuestros actos, no basarnos en justificaciones para eludirla.

Buda logra esto anterior a través de la meditación, la consciencia de todo lo que pasa a nuestro alrededor, la iluminación de la consciencia.

Mientras vivamos en nuestro egoísmo, o bien en la no responsabilidad o plena consciencia del instante (que no es pasivo por tanto, sino activo, resultado de un deseo), no escaparemos de la rueda de la existencia (Samsara), y repetiremos una y otra vez nuestros actos.

Buda resuelve en una imagen la concepción que tiene de la vida: la muestra en la historia del hombre herido por una flecha envenenada.

Hubo una vez un hombre que fue herido por una flecha envenenada. Sus familiares y amigos le querían procurar un médico, pero el hombre enfermo se negaba, diciendo que antes quería saber el nombre del hombre que lo había herido, la casta a la que pertenecía y su lugar de origen. Quería saber también si este hombre era alto, fuerte, tenía la tez clara u oscura y también requería saber con qué tipo de arco le había disparado, y si la cuerda del arco estaba hecha de bambú, de cáñamo o de seda. Decía que quería saber si la pluma de la flecha provenía de un  halcón, de un buitre o de un pavo real… Y preguntándose si el arco que había sido usado para dispararle era un arco común, uno curvo o uno de adelfa y todo tipo de información similar, el hombre murió sin saber las respuestas

El hombre  no se quiere quitar la flecha hasta no saber todas las causas, quién la lanzó, la razón última de haberlo hecho… en cambio, la flecha envenenada sigue en su interior. Dicha imagen no nos dice otra cosa que pasamos la vida resolviendo grandes “problemas”, y no tenemos en cuenta lo que está ocurriendo realmente. Le damos importancia a cuestiones sin solución que nos alejan de la verdadera realidad, la que nos está pasando por delante de nosotros. También a veces justificamos nuestro dolor, o el ajeno, como algo “necesario”, y por tanto inevitable.

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