La concepción de la naturaleza de la verdad es diferente según la defina Aristóteles o Platón.

Según Aristóteles, la verdad es una naturaleza de la cosa, es decir, decimos la verdad cuando definimos la naturaleza de verdad de la cosa, con lo cual es una cualidad reconocible: algo es verdad cuando responde a lo que en realidad “es” la cosa. Debido a ésta definición, la verdad es dicha y creída como tal, uno cree que dice la verdad, pero en realidad está pensando lo que él mismo cree. Es decir, cuando uno dice que algo “es” feo, antipático, agradable, bello… cree que esto responde a la naturaleza de aquello acerca de lo cual habla, y en realidad responde a lo que él o ella piensa que es la cosa.

Pero se puede pensar de otra manera: hablar DE VERDAD es otra cosa, y de ésta manera tendremos otra concepción de ella, veremos que no es estática, sino que quizá interese verla de otra manera.

En cambio, Platón piensa que hablamos de verdad cuando pensamos en ella como algo BELLO, BUENO Y ÚTIL. Es decir, responde a un deseo, dirigido al otro. Ha de cumplir ciertas características.

Cuando nos limitamos a decir unas “verdades”, únicamente nos estamos dirigiendo según nuestros intereses personales, egoístas. Lo que realmente interesa y puede crear otra realidad, es que lo que digamos a otro, cuando le hablemos de verdad, sea de acuerdo con ciertas características. Es decir, que aquello dicho responda a algo que parece bello (estéticamente, con una forma agradable a los sentidos), bueno (éticamente, que defienda valores, principios que merezcan el calificativo de bueno), y útil, es decir, que sirva a quién lo escucha, y trate de serle de utilidad, que sea práctica.

A veces confundimos verdad con egoísmo, subjetividad y así no es de utilidad a quién lo escucha, únicamente descalifica: cuando insultamos a alguien o se dice algo ofensivo porque quién lo dice se cree que “es verdad”.

Si en nuestra relación con otras personas nos limitamos a decir lo que “es” verdad, creamos un mundo en el que los intereses son contrapuestos, ya que todos lucharíamos, debido a nuestras verdades diferentes. Pero si en vez de creer que el mundo y lo que contiene no está hecho de una vez por todas, y no se reduce a una serie de verdades hechas, pensamos en algo dinámico, seremos capaces de crear realidad, de que responda a nuestros deseos compartidos.

Así surgen los fanatismos, lo cual ocurre al pensar que uno ha encontrado la verdad, y por tanto ha de atacarse a quien no la ha descubierto aún, o bien descalificarle.

Hablar de verdad cuando se trata de despertar en uno lo que realmente le hace feliz, útil en su propia vida, y realmente responde a lo que la persona busca en la vida (no lo que uno cree que necesita).  Respetar, y no meramente tolerar al otro, responder a los intereses del prójimo y tratar de responder a los miedos, alegrías, comprender que es otra persona y compartir, no imponer.

Y no sólo lo que sirva en su vida privada, sino que debe responder a las necesidades de toda la comunidad: la verdad no es algo que pertenece a nadie, sino algo compartido.

No confundir hablar de verdad con decir verdades, entender las necesidades del otro, que también necesita ser reconocido. Culturalmente se nos transmiten verdades estáticas, y todos nosotros las aceptamos sin ponerlas en cuestión, transmitiéndolas de generación en generación, o bien creando otras nuevas y atacando a quién no acepta nuestra manera de entender la realidad (o quizá sea lo que nosotros creemos que es la realidad).

Hablar de verdad es compartir comunidad, comprender que la realidad no se compone de verdades (como si fuesen pájaros a atrapar en jaulas), sino que es algo compartido, que sirve para realizarnos, y que ahúna diferentes maneras de ver verdades.

Hacer la experiencia de hablar de otro modo, hacer del habla algo nuevo…

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